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El tren de las cinco

TRENOK

“El tren de las cinco”

Me gusta usar metáforas cuando trabajo porque aportan una forma nueva de contemplar un problema, fomentan la imaginación y la creatividad, lo que facilita un nuevo enfoque, una mayor comprensión y un posible camino para encontrar soluciones.

Las metáforas, como ya he comentado otras veces, pueden conectar con una persona y abrirle los ojos. Nos ayudan a distanciarnos del contexto que envuelve la situación problemática en la que nos encontramos, a dejar de luchar contra nuestros pensamientos y a enfocarnos en nuestros comportamientos, sentimientos, sensaciones y emociones, para dirigirnos a alcanzar nuestros valores. Algo que es primordial para sentirnos bien con nosotros mismos.

La metáfora de “La Rana hervida” o “Siéntete playa” son dos ejemplos de metáforas que he compartido con vosotros. Hoy quiero hablaros de “El tren de las cinco”:

“Hola Genaro, ¿qué haces aquí tan impaciente?”, le preguntó un paisano al jubilado que paseaba a lo largo del andén de la estación de tren del pueblo.

Estoy esperando a que pase el tren de las 5.


”¡Suerte, Genaro!, a ver si viene pronto”. 

Pobre Genaro, pensaba el paisano, “todos los días esperando a que pase el tren de las 5 de la tarde, sin saber que hace tiempo la ruta fue desviada y ya no pasa ningún tren por nuestro pueblo. Alguien debería decirle la verdad al bueno de Genaro, pero nadie quiere quitarle su ilusión y su entretenimiento.”


Y así un día tras otro, Genaro esperaba pacientemente al tren durante horas y los vecinos, que habían hecho del camino de la Estación su ruta preferida para pasear, le saludaban, le preguntaban por el tren y se volvían a sus casas tranquilamente.

Buenos días, Genaro. ¿Ha pasado ya el tren?

Todavía no. Se conoce que viene con retraso”, contestaba el jubilado.

Un día, una beata del pueblo, que vivía muy preocupada por todo lo que pasaba a su alrededor, quiso hacer su obra buena, así que, con el arrojo que proporciona el saberse poseedora de la verdad, fue al encuentro de su vecino Genaro.

Siento mucho darte este disgusto, le dijo, “pero no puedo seguir siendo cómplice de la mentira colectiva de todo el pueblo, mi conciencia me obliga a decirte que tu espera es en vano. Ya no pasa el tren por la estación de nuestro pueblo, Genaro.”

El la miró, y con la sonrisa de un niño travieso le dijo: “te agradezco tu información, vecina, pero te ruego que no le digas a nadie que me lo has contado, porque todavía falta que casi la mitad del pueblo venga a sacarme de mi error, y mientras haya alguien que crea que estoy esperando a un tren imaginario, vendrán a saludarme y a desearme que mis deseos se hagan realidad. Así me siento menos solo y más querido, además, nos sirve a todos de entretenimiento. Todos nos beneficiamos de la gran mentira…., pero ahora debo apresurarme, vecina, porque ya son casi las 5 de la tarde, el tren debe estar a punto de llegar y enseguida nuestros vecinos empezaran a desfilar para preguntarme por mi tren”.


”¡Suerte, Genaro!, a ver si viene pronto”, le dijo la beata.

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