PLANTA CARA A LA TRISTEZA

Todos conocemos, o hemos conocido, a alguien que la ha padecido o la padece. La depresión es una enfermedad cada día más frecuente en nuestra sociedad y en nuestro entorno. Se trata de un cuadro clínico patológico encuadrado en el grupo de los trastornos depresivos en el DSM-V.

La depresión es probablemente el trastorno psicológico más frecuente en la clínica actual. Se diferencian dos grandes grupos:

  1. La depresión exógena o reactiva, que tiene su origen y causa en acontecimientos vitales que generan tristeza y melancolía.
  2. La depresión endógena o depresión mayor, que tiene un origen biológico y un componente genético-hereditario.

El sentimiento de tristeza no es suficiente para diagnosticar una depresión; incluso pueden aparecer problemas y síntomas depresivos y no padecer un cuadro de depresión mayor.

La Asociación Americana de Psiquiatría (APA, 2013) define la depresión mayor como una enfermedad en la que deben estar presentes, al menos, cinco síntomas de un total de nueve seleccionados; que se presenten de forma simultánea, y que persistan, al menos, durante dos semanas. Estos son los nueve síntomas:

  1. Estado de ánimo depresivo la mayor parte del día.
  2. Disminución acusada del interés por las cosas y las personas.
  3. Pérdida o aumento de peso.
  4. Insomnio o hipersomnia casi cada día.
  5. Agitación o enlentecimiento psicomotor.
  6. Pérdida de energía o fatiga.
  7. Sentimiento de culpa, de inutilidad y autorreproches.
  8. Inseguridad, indecisión, dificultad de concentración.
  9. Pensamientos recurrentes sobre la muerte e ideas suicidas.

Suelen aparecer y progresar en el curso de días o semanas. Es frecuente que, la temporada previa a la aparición del proceso, se presente ansiedad, tensión, fobias o crisis de pánico, y una vez establecida la depresión, suele tener un curso autolimitado y evolucionar a lo largo de semanas y meses, en los cuales pueden presentarse diferentes situaciones, pudiéndose hablar de mejorías, remisiones, estados interepisódicos, recaídas o recurrencias.

La depresión mayor es una enfermedad que ocasiona deterioro laboral, doméstico y familiar, y su aceptación en el entorno continúa siendo difícil e incomprendida. La remisión completa de la enfermedad se debe contemplar tras un periodo suficientemente prolongado exento de síntomas, para poder considerar que el episodio depresivo ha terminado.

Los síntomas psíquicos y físicos que caracterizan la enfermedad son:

-Psiquismo: Pérdida del tono afectivo, tristeza, incapacidad para disfrutar o sentir placer. Dificultad para la sintonía con personas o ambientes.

-Conocimiento: Enlentencimiento del pensamiento, lenguaje escaso, sentimientos de culpa, pérdida de concentración y de memoria.

-Conducta: Pérdida de motivación y de interés por el entorno y las actividades sociales y laborales. Enlentecimiento motor. Abandono de la higiene y el cuidado personal.

-Síntomas físicos: Insomnio, alteración de los ritmos biológicos, pérdida de peso, aumento de peso, fatiga intensa y persistente.

-Estado general: Aspecto preocupado, intolerante, irritable, faz inexpresiva, inmovilidad y palidez.

¿CÓMO COMBATIRLA?

El tratamiento de la depresión mayor se sustenta en la aplicación de técnicas psicoterapéuticas combinadas con tratamiento farmacológico.

La acción de la mayoría de los fármacos antidepresivos no comienza a notarse hasta pasadas, al menos, dos semanas desde su inicio y se debe mantener, para observar su eficacia, entre seis y ocho semanas de tratamiento.

La terapia cognitivo-conductual es una herramienta imprescindible para ayudar a reconocer al paciente como su estilo de pensamiento le predispone a llegar a conclusiones poco útiles para el y le enseña a cómo sustituir esos pensamientos negativos por otros mucho más funcionales y adaptativos.

Una vez obtenida la remisión completa, el tratamiento tanto, farmacológico como psicoterapéutico, continuará por un largo periodo de tiempo para evitar recurrencias y recaídas.

¿Te crees todo lo que piensas?

 

cerebro

No te creas todo lo que piensas.

A veces somos capaces de hacer con nuestros pensamientos una gran y demoledora madeja de lana autodestructiva.

Cada uno percibe la vida de una manera distinta. La realidad no nos llega a todos por igual, puesto que cada quien la percibe, la interpreta y codifica según sus esquemas, creencias y valores. Este ejercicio de necesitar explicarnos lo que vivimos, lo que nos pasa, es constante; tanto, que no siempre nos damos cuenta de lo que estamos pensando. Es entonces cuando hablamos de pensamientos automáticos.

Cuando algo nos molesta, nos hace daño o nos sorprende, sentimos enfado, tristeza o sorpresa. Es decir, lo primero que identificamos es la emoción. Nos sentimos mal y no sabemos por qué; pero detrás de ese sentimiento hay un pensamiento negativo que se ha desencadenado automáticamente y del que a veces no nos percatamos.

Los pensamientos negativos automáticos pueden ser breves y tener este formato:

-Reconstrucción de un suceso pasado (rebobinar)

-Creación ficticia (y si hubiera hecho o dicho)

-Adivinación en negativo (anticipar el futuro)

-Exigencia culpabilizadora (habría que…, tendría que…)

Los damos por válidos sin cuestionarlos. Y no es así. Un trabajo continuado para traerlos al plano de la consciencia puede ayudarnos a analizarlos desde la lógica y comprobar si te llevan a conclusiones exageradas.

Estos pensamientos llevan tanto tiempo contigo y les concedes tanta verosimilitud que se te “cuelan” en tu diálogo interior como una voz en off permanentemente, machacándote sin piedad lentamente.

Así que…ya sabes, no te creas todo lo que piensas y aprende a cuestionarte tus propios pensamientos.

 

¿Crees que le das demasiadas vueltas a las cosas? 

¿Entras en bucle con facilidad?…Si es así; no eres el único, ni la única. Cada vez es más creciente el número de personas que piensan demasiado, impidiendose a sí mismas el desarrollo de una vida satisfactoria.

UN PENSAMIENTO EXCESIVO AGOTA A CUALQUIERA 

Pensar está muy bien. Vivir una vida racional y positiva es una de las mejores cosas que nos puede ocurrir. Tener un pensamiento positivo te conduce a tener una emoción positiva. Sin embargo, a veces, nuestra mente se queda dándole vueltas a nuestros pensamientos inútilmente produciendo sentimientos negativos y se cae en un “bucle” que no conduce a ningún sitio “sano”.

Todo comienza con una pequeña idea o problema, que pasa a generar más y más preguntas, nuevas relaciones de ideas, todas con el mismo denominador común, problemático y lleno de temores, que generan otros pensamientos negativos que se expanden, crecen y acaban por apoderarse de TODO el espacio de nuestras MENTES. El resultado es agotador. Lejos de encontrar respuestas o soluciones válidas, acabamos en un callejón sin salida, presos y presas de sentimientos de victimismo: “no me merezco que me traten así”, “no sirvo para nada”, “no le importo a nadie”, etc., pensamientos ansiosos: “me van a despedir”, “me va a dejar”, y pensamientos depresivos: “mi vida no vale nada.

El pensamiento excesivo resulta nocivo porque afecta a nuestra capacidad para obtener respuestas y soluciones a nuestros problemas. Produce una desmotivación y genera nuevos problemas, nos bloquea y puede llegar a arruinar nuestra salud física y emocional.

¿CÓMO LIBERARME DEL HÁBITO DE PENSAR DEMASIADO?

1. Comprende que el pensamiento excesivo es tu enemigo. El primer paso hacia la liberación consiste en romper ataduras. Observa tus pensamientos y aprende a detectar cuando empiezan a rumiarse de una manera inútil y cansina. El pensamiento excesivo, repetitivo y absorbente te hace perder el control de tus pensamientos y en consecuencia de tus emociones.

2. Tómate un respiro. Respira profundamente y dedícate a otra cosa. Cambia de actividad o inicia una actividad que te distraiga y te resulte agradable: sal a pasear, haz deporte, llama por teléfono a algún amigo y deja que te de conversación (no le cuentes tu “rollo”).

3. Se firme. Presta  atención y proponte para el pensamiento de una manera contundente y asertiva. En cuanto detectes este pensamiento circular y corrosivo muestra tu autoridad de una manera contundente, como lo harías con un niño pequeño. Puedes decirte, “Basta ya!” o ¡Para! en voz alta, o dar una palmada seca mientras mentalmente te dices ¡Para ya!.

4. Anótalo en tu agenda. Cuando observes que tu pensamiento es circular, inútil y agotador, o simplemente no es el momento para dedicarte a ello, haz un hueco en tu agenda para tratarlo en el momento oportuno y en las condiciones adecuadas. Sería algo así como decirte: ahora no tengo tiempo para dedicarme a pensar esto, lo haré cuando llegue a casa esta tarde. No se trata de ignorar o evadir los problemas, sino de afrontarlos de una manera eficaz y en las mejores circunstancias. Eso si, si al llegar a casa el pensamiento se vuelve excesivo: páralo, volviendo al punto 1.

5. Delega tus preocupaciones. Si no depende de ti, hazte a un lado y dejas los problemas en manos de quien dependa.

6. Escribe un diario. Anotar tus pensamientos te ayuda a organizarlos y sobretodo a comprender más tarde tus errores de planteamiento, tus tendencias nocivas y tus miedos.Y por último…descubre lo que te gusta y úsalo para cargarte de energía y alimentar tu autoestima. Busca actividades que te proporcionen emociones positivas y ¡HAZLAS TODAS LAS VECES QUE QUIERAS!